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Un libro abierto con un camino trazado, una serie de árboles emergiendo de su interior y una casa. En otra obra un avión de juguete que en su vuelo ha dejado atrás la pista de aquél libro (los aviones, son tal vez la mayor obsesión de Germán Wendel que desde niño colecciona revistas de la historia de la aviación).

En otra pintura vemos un hombre-conejo que espera al borde de una cama minúscula bajo la intemperie, detrás notamos una caja misteriosa.
Estas escenas se nos presentan como suspendidas, con una aureola desdibujada en sus bordes, donde descubrimos una acción previa: el libro recién abierto, el hombre conejo que llega con su maleta, el avión que despega.
Todo se presenta en una primera mirada de un modo transparente, casi didáctico como en las ilustraciones de los cuentos, sin embargo hay un trasfondo opaco, algo que no cierra, un relato 
borroso.
Observamos en su obra los ecos de cierta literatura del S.XIX: los hermanos Grimm, Dickens, Julio Verne, Hans C. Andersen, Lewis Carroll. Por otro lado la vestimenta de los personajes nos remite a la estética de los años 1950, como si el artista estuviera citando el imaginario que corresponde a la época de infancia de su padre. Historias atravesadas por distintas temporalidades, con el paisaje de la niñez del artista en Córdoba como fondo. Wendel sobrevuela los modos del tiempo, como intentando esquivar el presente, bifurcando las referencias, trastocando las escalas de los objetos, creando una lectura paradójica. Imágenes de lo que se mueve (aviones, carros, botes, viajeros) que parecen persistir en la idea de quietud, de suspensión temporal.
El hombre-conejo que llega con su maleta, o que lleva con su carro la naranja gigante, o en otro cuadro, transporta también aquella caja misteriosa en su bote, parece haber llegado tarde, la cama está vacía, pero ¿la caja? quien sabe. 
Pero ¿se puede llegar tarde cuando no existe una temporalidad lineal? La caja es un ataúd, pero es también un cofre de tesoros y cartas, de relatos guardados, de algo que ha venido de otro mundo. Todos los elementos del mundo Wendel se bifurcan, son dobles: en la caja hay algo vivo y muerto a la vez (como en la paradoja del gato de Schrödinger) los viajes son inmóviles, las escalas gigantes y minúsculas al mismo tiempo, siempre dos dimensiones simultáneas, como en Lewis Carroll. Un relato diurno pero que no podemos aprehender porque no tiene contornos.


***
Un Hombre-oruga, una dama-insecto, unas mujeres siamesas que hablan con un pingüino, un extraño fauno con su oveja, unas señoras que leen mientras emerge un delfín, un niño que lleva un pájaro en su mano. Luego, ciertos paisajes bucólicos, el umbral de la vereda de la casa de infancia en Morón, los objetos hogareños, alacenas, antiguos cuadros, ornamentos de abuela. El erotismo como otro umbral, los monstruos del miedo, y los relatos en el aire que se vuelven ensoñación. Walter Álvarez llega a la imagen como si lo hiciera desde su decir, o como si hubiera nacido de su escucha y él les diera carácter de forma. Son canciones tal vez, murmullos cruzados en la calle, mezclados con viejas historias de su vida, un cóctel en el que reconocemos una mística barrial donde los mitos arquetípicos se hibridan, se siguen mezclando como en una fábula borrosa. En estas historias cada encuentro se transforma en un ritual iniciático, la música, el sexo, el sueño, el arte siguen abriendo el camino de un pequeño héroe que sabe oír, recoge víboras, suelta pájaros, espía a mujeres desnudas y animales en celo, mientras sigue cruzando las puertas y pateando la calle.


***
Aquella caja, los libros, los aviones, los carros de Wendel guardan el viaje imposible. Seguir al conejo es convertirse en él, situarse en el pasado es permanecer suspendido en el tiempo por siempre, como una insistencia en lo anacrónico. Un anacronismo eterno.

El héroe de Álvarez lleva lo audible a la mirada, el rumor de la calle a la lírica, convierte el temor en pequeños monstruos risibles, los espanta con su escudo de alambre y su sabiduría de taller mecánico. Nada es como antes, el barrio, la casa de infancia, la propia lengua se ha contaminado, pero ese es su poder. Todo se mueve en una errancia vagabunda.


perdidos 
ya se alejan
en la fabula borrosa
que perdió su moraleja
y el sentido 


Lucas Marín
Junio 2013


 

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