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Rastros y restos

La era de la razón se desmorona y sabemos que todo derrumbe ocurre de manera
veloz. Tan rápido a veces que los cuerpos se pierden, huyen, desaparecen.
Pero quedan varias memorias o tal vez grafías, pliegues, huellas. ¿Dónde está la
escritura que los cuerpos dejan en el mundo? ¿Esa que se ha conformado de manera
lenta como lo hace la espiral del caracol o los anillos del tronco del árbol?
Podemos encontrar esas huellas en las cosas que nos han pertenecido, y notar que
trazos dejamos en ellas, que textura.
Otras marcas son dejadas por otros: artistas, poetas, como pistas en un laberinto.
Pero también hay otro tipo de escritura involuntaria que se desprende de la caída de
nuestras construcciones, como una grafía de los escombros.
Leemos: la huella que vamos dejando y que se ha posado en nosotros, los rastros de
los otros como faros y finalmente hacemos una lectura de lo que hemos construido
como sociedad mientras se cae, dejando una nube de polvo casi indescifrable.

Quedan rastros y restos, huellas y ruinas mezcladas que intentamos deletrear.

 

 

Perderse en los pliegues de la ropa de la infancia es la elección que hizo Diego Cirulli
en los guardapolvos y vestidos de sus pinturas y dibujos. Alguien estuvo allí, en esos
atuendos agrietados y dejó su aura de contrastes.  El artista cava los montes de
la tela, pliega y repliega el tiempo, analiza eso que ya nadie habita. Se acerca a la
vestimenta la estudia como lo hace un arqueólogo con antiguas momias. Esa nostalgia
de su claroscuro sutil y el roce del lápiz, van mostrando cuan lejos quedan estas

prendas del contacto con el cuerpo. En ellas vemos una prehistoria.

 

 

El Renacimiento es donde comienzan a inscribirse los lineamientos de nuestra cultura
tecno-racional y es de allí de donde Román Maltz pide prestadas imágenes-faros
de la historia del arte (retratos de ciertas obras de Jan Van Eyck, Petrus Christus,
Pinturicchio) El tiempo parece plegarse quinientos años, los rostros se sitúan en
relación a diversas catástrofes de nuestro tiempo: el Titanic, el avión uruguayo
estrellado en Los Andes, el tren en nuestra estación de Once. Estas presencias ¿son
emergentes de aquel tiempo, o más bien sobrevivientes? O quizás son extraños
revolucionarios de gorros rojos que intentaron detener la caída, como Quijotes
contra lo irremediable. Son caras inmutables que desprenden un humor particular,
sus insignias con forma de herradura, de raviol, o incluso la S de Superman (aquí
una nueva cita, esta vez Pop) se transforman en este contexto en signos inútiles. El

superhéroe, coronando el ciclo de más de quinientos años, nos mira desahuciado,

nada  puede hacer, él también está atrapado en el cuarto de máquinas entre relojes
y  tableros. Relojes que parecen servir solamente para medir la velocidad de la

catástrofe.

 

 

Restos como de de polvo sobrevuelan vertiginosamente (como un ruido visual) en los
fondos de las obras de Román, y una neblina parece difuminar los dibujos de Diego,
pero a través de esa espesura vemos el gesto de estos dos artistas como huellas
profundas, lentas, realizadas con el poder intenso del cuerpo. Y aquí las han dejado
fijadas, en lo más denso de la materia.

Lucas Marín

Septiembre 2013

 

 

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