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Duilio Pierri

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Maggie de Koenigsberg

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Sobre la muestra de Duilio Pierri y Maggie de Koenigsberg

Paisaje alucinado

Duilio Pierri se ha encontrado con el bosque. Casi azarosamente retoma la pintura de paisajes, recreando ese gran tema de la historia del arte con un desenfado personal. Ese encuentro, alejado de la moda, auténtico y pleno ¿no condensa quizás un cúmulo de identidades, un modo donde recrear un territorio de origen?
Perderse en la visualidad pura, entrar en este paisaje para salirse del mundo de las ideas, y luego, ingresar en la maleza.
El bosque como un paréntesis donde retomar la violencia del color, el bosque como un sistema circulatorio que oxigena la sangre de la pintura.
Al adentrarse en él, vemos algún trazo de su padre, también pintor, más allá sentimos un eco del color de los Nabis, los Fauves; en la espesura percibimos una densidad en el trazo que arrastra algo de los expresionismos. Más adentro notamos que los troncos parecen estacas, como si hubieran sido clavados con una potencia superior, intentando ocultarnos cada vez más el horizonte. La línea de horizonte es uno de los rasgos de identidad de nuestro paisaje, este bosque agresivo la atraviesa hasta hacerla perder de vista. Luego vemos solo una trama de diagonales en trazos que conglomeran fuerzas encendidas, el color como de azufre, un rojo carmesí en el tronco, una yema pulverizada en la fronda y un rasgo azul luminoso abriendo apenas el entramado, sugiriendo que existe un espacio exterior a esta enramada.

En el medioevo quien se exiliaba en el bosque buscaba retomar un estado salvaje*. Hoy luego de la ?muerte? y ?resurrección? de la pintura, pintar un bosque tal vez sea buscar una forma de inocencia. Pero, en este caso esta búsqueda es implacable, de una violencia iluminadora, como la ferocidad de una batalla. Como si los troncos fueran lanzas de antiguos caciques dibujando una trama (como el entramado que sugieren las lanzas en la ?Batalla de San Romano? de Uccello). Diagonales de un color sulfurado que en su entrelazado tachan y a su vez desnudan la historia de la pintura, develan un limbo, un grado cero, abren un territorio de una geometría irracional, como una batalla convertida en bosque o un bosque nacido de la batalla de pintar.

 

Maggie de Koenigsberg pone su lente en otro aspecto del paisaje. Nos muestra una serie de flores en un contexto donde el horizonte generalmente es bajo y de una vegetación espesa. Estas flores por su disposición y su aspecto formal nos parecen agigantadas. Cada cuadro nos muestra una composición realizada con un solo tipo de flor. Son siempre flores extrañas, fantásticas, invasivas, aumentadas en su tamaño, sexuales, lisérgicas. Las percibimos como en medio de su ciclo de crecimiento, con colores intensos y una pincelada que vibra acompañando el movimiento.

Hay una exhuberancia latina en estas pinturas como en la obra de Tarsila do Amaral, y también una sensualidad mística como en Seraphine Louis**. Percibimos una resonancia poética: como si estas formaciones fueran la visión de una ensoñación, como si hubieran nacido de un rito, de un conjuro. Imagino a la artista (Maga, le dicen) sembrando cada una de sus semillas, pero estas semillas han sido modificadas, no genéticamente, sino poéticamente. Piensen ustedes que procesos de maduración pueden haber tenido estas semillas, donde han viajado, que palabras han recibido, para luego florecer en las pinturas y desplegar sus inquietantes morfologías. Son flores que expanden su locura al resto de los seres, su perfume se percibe con los ojos y embriaga.

Violetas, verdes, rosados, fucsias; formas de bulbos, vulvas, pistilos encendidos o goteantes, pétalos como tentáculos. Flores salvajes dispuestas casi equidistantes entre sí, sobre un terreno virgen, luego de un contrabando de semillas.
Imagino una poeta como Marosa di Giorgio visitando esta siembra voluptuosa.
En estas pinturas con cada flor se abre un enigma, una extraña poesía; en nuestros ojos: una alucinación, un jardín de frutos exquisitos.

Lucas Marín
Setiembre de 2010

 

* ?A nivel simbólico - dice Marie José Lemarchand -, el bosque como lugar de metamorfosis del hombre en busca de identidad, que se pierde para mejor encontrarse, inspira varios mitos celtas y germanos, y hasta la filosofía existencialista con sus caminos que no llevan a ninguna parte sino al corazón del bosque, es decir, al abismo esencial del Abgrund a partir del cual, se puede renovar al hombre, resurgiendo desde la profundidad.? El salvaje en el espejo cap.V, Roger Bartra, ed. Aguilar, México, 1992
** Seraphine Louis (también conocida como Séraphine de Senlis) (1864?1942) fue una pintora francesa. Había sido pastora y trabajaba de sirvienta cuando su obra fue descubierta en 1912 por el coleccionista de arte Wilhelm Uhde, quien la vinculó luego a lo que se denominó ?primitivos modernos? entre los que se encontraba Henri Rousseau. Su técnica, completamente particular, consistía en el uso de la pintura Ripolin ?la más común del mercado-, mezclada con la cera de velas que recogía en la iglesia, tierra extraída del cementerio y otros campos y de su propia sangre. Comenzó a pintar, según decía, por indicación de los ángeles y la Virgen. Cuando salía del aislamiento de su habitación iba a hablar y abrazar a los árboles y las flores.


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